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Sobre Nosotras

Cáncer de mama

Historias sobre personas

Recuerdo perfectamente cómo empezó todo. No lo ves venir. Tú vives; como si nada, como siempre, sin pensar que, de un día para otro, todo cambia. Pero en realidad nada cambia; eres tú quien, de repente, abres los ojos, como si a un ciego de colores le pones unas de esas gafas para poder recuperar la visión. Y entonces, empiezas a vivir, pero de verdad. En alta definición.

Era viernes. Iván había planeado una vez más sin consultarme otro de esos findes maratonianos de partidos de fútbol con los compañeros de trabajo, comidas familiares y cenas en casa, con amigos, y el lavavajillas dando sus últimos coletazos. Me temía lo peor.

No conseguía entender qué necesidad tenía mi marido de meternos en esos embolados fin de semana sí y fin de semana no cuando yo lo único que quería era descansar, estar en casa, dormir la siesta después de comer y hornear un bizcocho con Daniela, que, con todo lo guerrera que es, llevaba toda la semana mohína, con anginas que nos habían llevado al pediatra el lunes y el jueves, al no terminar de mejorar. No creo que durmiéramos más de veinte horas aquella semana con las dichosas anginas.

El viernes empezó mal. A pesar de que la niña estaba mejor y por fin iba a poder llevarla al colegio para alegría de mi padre, que llevaba toda la semana cuidando de ella, la mañana empezó como casi todas. Me costó Dios y ayuda hacer que Iván se levantara y sacara al perro a la calle. Para cuando conseguí que arrancara, el perrito se había hecho pis en la entrada de la casa. Reprendí a Iván por lo que sucedía casi a diario y Daniela, a la que normalmente hay que sacar de la cama con forceps y un tarro de Nocilla para que se levante, decidió acompañarnos y perseguir a Coco regañándole por su pequeño incidente urinario. Se escurrió con el pis y acabó en mitad del charco antes de que me diera tiempo a recogerlo.

Obviando sus llantos mañaneros, la metí en la ducha y la vestí justo cuando volvía Iván. Le pedí que la diera el desayuno mientras yo me duchaba pero se negó diciéndome que la niña me tocaba por entero a mí por las mañanas y que debía irse pronto al instituto. Así que me aseé como pude sin quitarle un ojo de encima, me vestí y salimos de casa.

El atasco fue descomunal, para variar. Llegamos al colegio cinco minutos tarde. Cinco. No solo tuve que aguantar las miradas de desaprobación de las maestras de turno, también el tierratrágame cuando me dijeron que ese día los niños tenían excursión a un parque acuático. Obviamente Daniela no iba preparada para aquella salida en parte porque la niña llevaba sin ir a clase toda la semana y en parte no soy muy dada a hacer caso al grupo de whatsapp de padres.

Vuelta al coche, de nuevo al atasco, camino a casa de mi padre. Cuando me vio aparecer se quedó blanco. Me costó convencerle de que Daniela no podía ir a la piscina por sus anginas (obvié la parte de que me había olvidado por completo de la excursión y demás).

– Está remontando, no podemos arriesgarnos a que coja frío y vuelta a empezar..

Me justifiqué por quinta vez mientras arrancaba el coche y les decía adiós con la mano.

Tomé aire hondo y lo solté aliviada de poder cerrar el capítulo hija por unas horas y centrarme en el profesional al menos hasta las cuatro que saliera. Y fue justo entonces que me llamaron del trabajo y todo empeoró más aún. En resumidas cuentas, habían adelantado la reunión del proyecto que me estaba jugando contra Alexia, mi competencia directa en la empresa. Era un proyecto importante aunque apenas nos habían dado margen para prepararlo y, teniendo en cuenta la semana que llevaba, solo un milagro haría que me dieran esa gran oportunidad. Para redondear, al aparcar el coche en el parking, rocé el descapotable de Alexia. ¿Qué más podía pasarme?

Dejé en su parabrisas una nota rápida para que supiera que había sido yo y arreglar los papeles del seguro y eché a correr.

La becaria que me habían puesto como ayudante estaba, como siempre, desaparecida y yo no tenía ni idea de dónde se estaba celebrando la presentación. Literalmente tiré todas mis cosas en mi despacho y salí en búsqueda de aquella reunión donde creía que me jugaba tanto. Llegué a tiempo de ver cómo toda la junta directiva aplaudía sonoramente a Alexia, que acababa de terminar con éxito su presentación.

La mía, obviamente, fue pasable.

Salí de allí rabiosa, con ganas de llorar, con mi, esta vez sí, becaria persiguiéndome para darme unos recados en varios post-it que ni ella misma lograba descifrar. Arranqué todos los papelitos amarillos de sus manos pegajosas, la pedí que me dejara sola y subí a la azotea. Necesitaba nicotina y gritar, pero lo segundo no estaba bien visto en la alta publicidad. Di buena cuenta de tres cigarrillos como si fueran uno solo y traté de relajarme. Mandé un whatsapp a Iván con el emoticono de la caquita con ojos, pero no obtuve respuesta.

Cuando me disponía a volver al despacho, me crucé con Alexia, impoluta y perfecta, como siempre. Me dio la enhorabuena por mi presentación e insistió en que, para el tiempo que nos habían dado, había hecho un buen trabajo teniendo en cuenta mi situación. Ella, que no tenía cargas, había dedicado los últimos tres días y noches por entero al proyecto pero entendía que no jugábamos con las mismas condiciones.

¿Estaba empatizando conmigo? Me dijo que sabía que era una gran profesional, que admiraba mi talento y que estaría encantada de que pudiéramos colaborar juntas algún día, no como rivales, sino como compañeras. Y me dijo que no me preocupara por lo del coche, que no tenía importancia.

Volví a mi despacho algo confusa. En aquella empresa fomentaban la rivalidad entre profesionales porque, decían, eso nos hacía sacar lo mejor de nosotros mismos. Después de casi una década allí no era consciente de que efectivamente me había vuelto una persona calculadora y desconfiada laboralmente hablando. No tenía ni una sola amiga allí. El gesto de Alexia me abrió un poco los ojos, peo no lo suficiente, supongo. Una parte oscura y húmeda en mi interior tenía ganas de machacarla en lo profesional y de despeinarla y correrle el pintalabios en lo personal.

No sabía cuándo me había vuelto tan sumamente competidora y seguramente no podría dejar de serlo de la noche a la mañana. Pero una lucecilla se encendió en mí y se dio cuenta de que no le gustaba en lo que me había convertido.

Con todos los post-it arrugados sobre un mesa, siendo viernes a media mañana y sin saber por dónde seguir trabajando, dejé escapar un suspiro gris, lleno de ceniza, inseguridad y frustración. Iván no me contestaba y me sentía sola, como tantas veces. De puertas para fuera mi trabajo parecía ser algo con que complementar esa vida familiar aparentemente perfecta. Pero para mí era mucho más y siempre me jactaba de no haber renunciado a nada. Era lo que deseaba y me sometía al precio necesario para tenerlo porque eso me hacía feliz. ¿Me hacía feliz?

Uno de los post-it pareció iluminarse de pronto entre los demás. De la terrible caligrafía de mi becaria pude descifrar tres palabras.

Ginecólogo.

Resultados.

Urgente.

Pasé el resto de la mañana en un estado mental de confusión y mezcla de cosas. Estaba aturullada; todo lo que me había sucedido durante la semana y mis sentimientos contradictorios se mezclaban con el mensaje del ginecólogo, que se hacía más alarmante según pasaban los minutos.

Una hora antes del almuerzo decidí salir de allí; no estaba haciendo absolutamente sentada en mi despacho, dándole vueltas a la cabeza. Necesitaba despejarme.

Le dije a mi becaria que volvería después de comer; compré un café para llevar en el coffee shop de la esquina y eché a andar. Una sombra oscura parecía empezar a crecer sobre mí; lo que en un principio era una preocupación ante el recado del ginecólogo empezó a ocupar un gran espacio en mi cabeza, comiéndose todo lo demás, haciéndolo todo más aterrador.

Caminé lo que creía era sin rumbo pero, a la media hora, me descubrí frente a la puerta de la clínica del seguro donde acudíamos Iván, Daniela y yo desde hacía años. Entré como un autómata y me paré frente a la recepción sin saber muy bien qué decir.

– ¿Tiene cita?

Iba a decirle que no, pero sí un mal presentimiento además de un recado alarmante a ver si, con un poco de suerte, aquella señora de mediana edad se apiadaba de mí y me buscaba un hueco con mi médico.

Y, casualidades de la vida, el susodicho apareció por allí. Salía sin bata, vestido de calle, supongo que para comer. Juan y yo nos conocemos desde el instituto; íbamos a la misma clase y, cosas del destino, resultó ser el hijo del médico que acabaría llevando a mi madre durante su larga enfermedad. Aquellos años duros y la amabilidad de esa maravillosa familia nos condenaron a una bonita historia de amistad en los momentos malos y en los buenos. Con el tiempo, Juan siguió los pasos de su padre, empezó a trabajar en la misma clínica y no paró hasta conseguir que me hiciera cargo de mi situación, hasta que acepté la mochila que me había tocado llevar y accedí a hacerme revisiones cada seis meses.

Me vio y paró en seco sus ágiles pasos hacia la salida.

– Ana.

Me disculpé por presentarme allí sin cita previa mientras subíamos en el ascensor, camino de su consulta. Él le quitó importancia y en seguida desvió la conversación hacia Daniela e Iván, preguntando cómo estaban. Su piel estaba ligeramente perlada en sudor y apenas era capaz de mantener sus ojos en los míos durante más de dos segundos seguidos. Las puertas del ascensor se abrieron y tomó una bocanada de aire que soltó como buenamente pudo tratando de esconder su angustia.

Pasamos a su consulta y nos sentamos, como siempre, como cada seis meses. Se entretuvo buscando mis resultados en el ordenador mientras balbuceaba sobre su mujer y las mellizas y cómo se encontraban, en ocasiones, desbordados por las pequeñas, la rutina, etc.

– Juan- me miró ante mi tono cortante-. Tranquilo. Somos amigos. Si alguien tiene que decirme esto, prefiero que seas tú.

– Ana…

– Juan. Tengo que saberlo.

Se tomó unos segundos eternos antes de materializar la bomba que se me venía encima, que nos cambiaría la vida tal y como la conocíamos, que me pondría a prueba como individuo y a él como médico.

– Es un tumor.

Allí estaban. Las palabras que siempre flotaron en el limbo de posibilidades de la vida y de las que me sentía tener tantas papeletas. A mi madre, que se lo detectaron muy tarde, le había costado la vida después de mucho pelear. De ahí la insistencia de Juan y de su padre en que no me dejara, en que me vigilara.

– Es de tamaño considerable.

Y es que, cuando llevas contigo una mochila así, es inevitable pensarlo, imaginarlo, enfrentarte al miedo y al duelo por adelantado. Y por eso, a pesar de que el terror de esas tres palabras me recorrió toda la espina dorsal, desde el sacro hasta la nuca produciéndome un ligero estado de obnubilación, el shock inicial empezó cinco segundos después.

– Lo bueno es que es solo uno, Ana.

Continuó hablando.

– Además está muy localizado y en las imágenes los bordes parecen muy delimitados.

Aseguró girando la pantalla del ordenador hacia mí.

– Es esto de aquí, ¿lo ves?

Me preguntó.

– Lo que más me preocupa es que ha aparecido en poco tiempo ya que en tu última revisión no estaba, pero ya ha dado la cara y vamos a darle caña, Ana. Vamos a ir a por todas, ya lo verás.

Y siguió hablando y hablando sin parar durante lo que me pareció una eternidad, pero yo no le escuchaba. Me llegaba su voz muy tenue, como cuando estás bajo el agua y escuchas a alguien hablando en la superficie, pero no consigues entenderle.

Me levanté de repente y tuve que reprimir mis lágrimas y mi instinto de echar a correr apretando mis puños cerrados con fuerza. Juan me miró, expectante. Caminé hasta la ventana y contemplé Madrid, desde el punto más lejano, acercando la vista hasta posarla en el cristal, que no estaba ni sucio ni limpio. Al otro lado del mismo, vi una terraza en la que nunca había reparado.

– Ana. ¿Has oído algo de lo que te he dicho?

– ¿Esto se puede abrir?

Le insistí hasta que accedió a abrir la puerta de la terraza. No tenía las llaves por lo que tuvo que bajar a recepción y tardó casi cinco minutos hasta que regresó con ellas y con la misma cara de preocupación.

El exterior nos recibió con mucho ruido de tráfico y un aire fresco del mediodía que hizo volver un poco en mí. Me apoyé en la barandilla de la terraza y miré hacia abajo mientras la brisa movía mi pelo encrespado. Fui subiendo la mirada poco a poco hasta llegar al cielo, que me cegó con la luz del sol. Cuando volví a abrirlos, estaba sonriendo. Notaba mi corazón galopando a mil por hora dentro de mí. Estaba viva, aún lo estaba.

– ¿Quieres que llamemos a Iván? Creo que debería venir aquí y estar contigo…

Pasé con decisión de nuevo a la consulta y Juan suspiró, impotente, condenándose por no haber manera correcta de hacer algo así, de contarle a alguien que tiene cáncer. Salí de nuevo, al momento, con el paquete de tabaco y el mechero. Me encendí un cigarrillo y tragué tanto humo como mis pulmones admitieron.

– No deberías fumar.

– ¿Quieres uno?

Y vaya si quería; le hacía más falta a él que a mí.

No se puede realizar esta intervención si la paciente consume tabaco, en forma de cirgarrillos, vapor o electrónico.

– Vale, Juan. Empecemos de nuevo. Llamemos a las cosas por su nombre. Cuéntamelo, dime: tienes cáncer. Y, por favor, háblame claro y no seas condescendiente. Quiero saberlo todo, despacio, eso sí, sigo en shock, pero cuéntamelo todo.

– Ana..

– ¿Voy a pasar por lo mismo que pasó mi madre?

Juan y yo hablamos durante casi una hora en aquella terraza, alternando cigarrillos y una botella de sidra a morro que tenía olvidada en un armario, regalo de un paciente agradecido. Me contó los siguientes pasos: habló de biopsias, de derivarme a especialistas, de cirugías, de quimioterapias, radioterapias, de Angelina Jolie y su famosa doble mastectomía preventiva, de efectos secundarios, de caída de pelo, de grupos de apoyo psicológico, de rehabilitación, de secuelas, de fertilidad, de reconstrucciones mamarias y de pezones.

– No me puedo creer lo que me estás contando.

– Es normal, te llevará tiempo asimilarlo. Pero antes de que te des cuenta estarás tan metida en el proceso de…

– No, digo lo de los pezones. ¿De verdad se pueden crear pezones así, de la nada?

– Te voy a mandar a un cirujano plástico experto en reconstrucciones; vas a flipar con las cosas que hace…

– ¿En serio?

– Te las va a dejar mejor de lo que ya están- aseguró mirando mis pechos de soslayo.

– ¡Oye! ¡Mis tetas están perfectas…!- me quejé riendo mientras Iván asomaba la cabeza por la puerta de aquella terraza.

– ¿Interrumpo algo?

Juan llamó a Iván cuando bajó a por las llaves; le dijo que era urgente que acudiera a la clínica, que debía estar conmigo. Y en ese extraño lugar, a seis pisos del suelo, se lo dijimos.

Tuvo que sentarse. Las piernas le flaquearon y se quedó blanco, con la boca seca como la suela de una zapatilla. Juan fue en busca de agua y nos quedamos allí, arrodillada junto a él mientras le pedía que respirara despacio. Sentí su pánico y lamenté hacerle pasar por eso, pero, si algo recordaba de la enfermedad de mi madre era que siempre estuvimos mi padre y yo a su lado. Nunca estuvo sola y ella lo agradeció hasta el final. Yo también iba a necesitar a los míos a mi alrededor, aunque comunicar algo así les devastara, como a Iván. No podía ni pensar en cómo reaccionaría mi padre…

– Iván, te quiero. Nadie quiere escuchar algo así pero, ¿sabes? Tengo mucha suerte- le aseguré mientras apretaba sus manos heladas.

Salimos de allí una hora más tarde, con una decena de volantes y citaciones en el bolso y la insistencia de Juan de que le llamáramos a cualquier hora para cualquier cosa que necesitáramos.

En el parque de al lado encontramos un food truck que vendía perritos calientes; compramos dos y nos sentamos a comerlos en un banco. Iván mascaba sus pensamientos con furia a la vez que la comida.

– Soy lo peor- soltó finalmente, tirando a una papelera el último trozo de perrito.

– ¿Por qué dices eso?

– Ya sabes cómo soy, Ana. Estaba Juan hablando sin parar y yo lo único que quería era decirle que se callara y me dejara organizarlo todo a mí. ¡Y yo no tengo ni idea de esto, no sé lo que tenemos que hacer!

– Sé que te gusta llevar la batuta de nuestra vida y sabes que normalmente me dejo hacer. Pero esto es mi enfermedad, Iván, la llevo yo. Y te quiero a mi lado, pero voy a tener que ser yo quien marque el ritmo esta vez. ¿Crees que podrás dejarme decidir a mí?

Me dijo que sí con la boca chica y tuvimos la primera discusión en el coche, camino a casa de mi padre. Conseguí convencerle de no cambiar los planes del fin de semana, como si nada hubiera pasado, como si la tierra nunca hubiera temblado. El domingo por la noche organizaríamos ciertas cosas, pero de verdad que necesitaba un finde tranquilo y normal, en el que aún no fuera la enferma.

Lo que más me costó fue convencerle de que esperásemos para darle a mi padre la noticia. Aún me faltaban algunas pruebas para poner nombre y apellido a aquél tumor, para saber cómo íbamos a intentar acabar con él y qué posibilidades tenía de lograrlo. En apenas semana y media todas aquellas dudas se aclararían y prefería poder llevarle todas las respuestas a las incertidumbres que le asaltarían.

Y los meses pasaron y casi todo se aclaró. Me operaron y quitaron el tumor, que crecía rápido, y casi la totalidad del pecho. Después, tras la dura recuperación, empezamos unos ciclos de radioterapia que me debilitaron sobre manera. Mis médicos no querían dejar opciones al cáncer.

Un año después de aquél día, Juan me citó en su consulta y nos hizo esperar en la terraza mientras acababa con otro paciente. Apareció con una botella de sidra en una mano y unas copas de plástico en la otra.

– ¿Qué significa esto?

– Has ganado la batalla, Ana. Estás limpia. Enhorabuena.

Después de unos largos abrazos y dejar salir algunas lágrimas furtivas, brindamos en aquella terraza. Juan insistió en que el cáncer es muy traicionero y que no debíamos confiarnos.

– Tienes que seguir revisándote cada seis meses, cuidándote y explorándote. Pero, en esencia, vas a recuperar tu vida. ¿Tienes ganas?

Y aquello me dio que pensar. ¿Quería volver a la vida que se había visto interrumpida por así decirlo un año antes? A las prisas, las carreras, la rutina, el estrés, la incertidumbre, el sentimiento de no ser capaz de llegar a todo…

Desde luego quería volver a sentirme normal, sana. Deseaba abandonar mi rol de enferma. Pero no sabía si quería retomar mi antigua vida.

El miedo es un ser húmedo, gris oscuro que lo invade todo y se come la luz. Pero en aquellos meses de incertidumbre no todo fue malo; viví días preciosos y momentos brillantes también en los días más oscuros. Cada noche, al acostarme, miraba a Iván, que empezó a cambiar ciertas cosas para mi comodidad, como hacerse más cargo de Daniela, para que no me cansara tanto, y a colaborar más en casa. Le miraba y me daba cuenta de la suerte que tenía con él, que me estaba respetando tanto y dándome tanto apoyo y ánimos. Pensaba en nuestra preciosa familia y hasta las trastadas de la niña y del perro me parecían adorables. Pensaba en mi padre, en lo mucho y bien que me quería y cuidaba, resabiado de todo aquello. Pensaba en los cafés con mis amigas, que me visitaron tan a menudo y se ofrecieron a todo lo que pudimos necesitar. Pensaba en Alexia y en cómo me llamaba a menudo para interesarse por mí, para darme ánimos y hasta para tirarme la caña por si me interesaba que montásemos nuestro propio negocio las dos juntas cuando saliera de esto. Pensaba en los días de sol en invierno, en cómo los rayos se colaban por el ventanal del salón acariciándome mientras dormitaba en el sofá. Pensaba en las comidas sin prisa, los tres juntos; en los paseos por el parque con mi padre, cuando más débil estaba, que me agarraba con firmeza como lo hizo con mi madre. Pensaba en la Navidad tranquila que pasamos en casa, horneando galletas y haciendo nuestra propia cabalgata en el salón; en las fiestas caseras que hacíamos de vez en cuando. Pensaba en las risas incontroladas y en los bailes en la cocina. Pensaba en las siestas con Daniela, en sus abrazos y en sus besos, en su olor a niña pequeña. Pensaba en los momentos de intimidad con Iván, diferentes a lo que estábamos acostumbrados, pero llenos de amor. Pensaba en todo eso en mitad de la noche, en las pequeñas cosas, y la habitación se iluminaba en amarillo claro, comiéndose la oscuridad y arrinconando al miedo. Nunca supe si ganaría la batalla, pero sí tuve claro que, mientras tanto, VIVIRÍA, con mayúsculas.

Y un año después de aquella buena noticia, de aquella batalla vencida, aquí estoy de nuevo, a las puertas de otro quirófano, esperando mi turno. En esta ocasión, no me juego mucho, la vida al menos no. Juan me insistió en que, pasadas ya tres revisiones con nota, debía recuperar todo lo que el cáncer me había arrebatado, entre otras cosas mi pecho. Y aquí estoy, lidiando con el miedo una vez más, aunque esta cirugía es para aficionados en comparación con lo que he pasado ya.

Cuando Juan me derivó al cirujano que me iba a reconstruir la mama, acudí con cierto escepticismo pero, una vez me vio, me enseñó lo que haría para reconstruir mi pecho y algunos trabajos previos, me convencí. Sobre todo cuando escuché lo que me dijo al despedirnos:

– Has librado una batalla en la que has perdido mucho para poder ganar. No tienes por qué renunciar a esto también; vamos a recuperar lo que es tuyo, Ana.

– Ana.

– Hola, Doctor.

– Vamos a empezar. ¿Estás lista?


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